LA PASCUA

El ser y la nada

[Excelente columna de este periodista a renglón de las "declaraciones" de la Ministra de Igualdad en las que afirmaba "para mí un feto —de trece semanas— es un ser vivo, claro, pero no podemos hablar de ser humano porque no tiene ninguna base científica"]
REQUERIDA su opinión sobre el sonrojante disparate nihilista de Bibiana Aído -cuya oceánica ignorancia sólo es comparable a su atrevimiento, y éste a la irresponsable temeridad de quien la nombró ministra-, su colega Ángel Gabilondo ha contestado con una evasiva ciertamente embarazosa, y nunca mejor dicho: que ni siquiera el rango de catedrático de metafísica le alcanza a él para saber a ciencia cierta cuál es la clave de la condición humana. Es decir, que hay asuntos sobre los que es mejor abstenerse de opinar antes de proferir una descomunal tontería de la que lamentarse. Si yo que soy un filósofo, ha venido a decir con impostada modestia, no sabría explicar con exactitud qué es un ser humano, cómo puede esta indocumentada chiquilla meterse en honduras existenciales o científicas sobre el ser y la nada. Pero la cosa se complica si damos en pensar que ya son al menos dos los miembros de este Gobierno confusos ante una cuestión tan seria, y encima uno de ellos ha ejercido el ministerio sacerdotal antes que el político. Más vale que no prosiga la encuesta.
No al menos antes de que alguno de los cientos de asesores que trabajan en Moncloa les recuerde a ciertos ministros -y sobre todo a ciertas ministras- que entre sus obligaciones no figura la de decir todos los días una gilipollez. La democracia del canutazo parece haber impuesto la necesidad de salir cada mañana bien temprano a pronunciar una enormidad que agite el debate de opinión pública, comparecencia que a menudo constituye la única actividad reseñable de los miembros -y miembras- con menos competencias en el fantasmal gabinete de Zapatero, lleno de gente bisoña y mal amueblada intelectualmente que ni siquiera ha aprendido aún el arte de hablar sin decir nada. Por incompetente que resulte para ejercer su cargo, un ministro callado puede parecer un ministro discreto, pero la locuacidad los vuelve transparentes en su indigencia. En las academias de coaching para ejecutivos está de moda leer a Baltasar Gracián, fraile taimado que enseñaba la cautela senequista de aprender a callar cuando lo que se va a decir no mejora el silencio. Pero a Gracián y a Séneca hace tiempo que los barrieron de los planes de la LOGSE, primordial fuente de conocimiento de esta joven generación que el presidente considera «la mejor preparada de la Historia».
Gabilondo, que sí es un hombre culto y bien leído, ha salido mal que bien de una tesitura envenenada en la que acaso haya empezado a aprender que la metafísica hace mala mezcla con una materia tan impregnada de pragmatismo cínico como la política. «Hay gente pa tó», dicen que exclamó con cazurra desconfianza El Gallo cuando le presentaron al gran metafísico que fue don José Ortega -Gasset, no Cano-. Más vale no pensar lo que se le hubiese ocurrido si le llegan a poner delante de toda una ministra de Igualdad.
Ignacio Camacho (ABC, jueves 21-05-2009)

Carta de un bebé a su mamá

El maldito equivoco

Para salvar el Escila y el Caribdia entre la España una y la España plural, los padres de la Constitución del 78 echaron mano del término «nacionalidad», sin aclararnos sus dimensiones. Lo que nos ha llevado a una situación cada vez más difícil y, a la larga, insostenible. Pues nación y nacionalidad comparten etimología, pero no contenido. Es decir, se trató de un equívoco. Y de equívocos, como de buenas intenciones, está empedrado el camino del infierno.
«Nacionalidad es la condición peculiar de los individuos de una nación» (Diccionario de la RAE), o sea, el rasgo nacional característico, pero no la nación misma. Algo que viene a confirmar el Artículo 2 de la Constitución, al declarar que Nación sólo hay una, España, «indisoluble, patria de todos los españoles, que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran.» O sea que las nacionalidades, como las regiones, son parte de la Nación, no su equivalente. Lo que ha ocurrido es que este principio constitucional ha sufrido un desgaste a lo largo de las últimas décadas, al rebajarse el concepto nación -«algo discutido y discutible,» según J.L. Rodríguez Zapatero- e inflarse el de nacionalidad, hasta convertirse en equiparables, como intentó abiertamente el Plan Ibarretxe y trata de legitimar indirectamente algún nuevo estatuto, como el catalán, al reclamar para su nacionalidad el rango de Nación. Pero por muchas vueltas que se les den, Nación y nacionalidad no son lo mismo conceptual, constitucional, política ni históricamente. La Nación tal como hoy la entendemos es un fenómeno reciente. Y revolucionario, al ser hijo de la Revolución Francesa. Antes, se hablaba de pueblo, de patria, de país, para designar un conjunto de individuos con un origen común, la tribu, unidos por parentescos de sangre y asentados en un determinado lugar, a lo que unían una serie de características comunes, como la lengua, la religión y las costumbres. Por encima de ello sólo existía el «Imperio», como el Romano, formado por pueblos muy distintos, en lugares muy distantes y ciudadanía de diferente graduación. Término que en los albores de la Edad moderna se convierte en «Monarquía», que es como los escritores de nuestra Edad de Oro llaman al Imperio Español.
Pero todo eso queda borrado por la Revolución Francesa. La nación deja de ser algo propio de la tribu, del lugar, de la religión y las costumbres, para convertirse en una idea abstracta, pero de enorme atractivo: un pacto, un «contrato social» entre individuos libres, para que todos tengan los mismos derechos y deberes, y no haya sujeto ni territorio privilegiado. La Nación es eso: la utopía igualitaria convertida en melodía constitucional. Uno de los más viejos sueños del hombre, desde que salió del Paraíso, para empezar a ganarse el sustento con el sudor de su frente. Bien lo percibió el ojo agudo de Goethe cuando, tras ver morir abrazado a la bandera tricolor a un soldado francés en la batalla de Valmy, gritando "Vive la Nation!", dice al conductor de su carroza: «Volvamos. Una nueva era ha comenzado.» En efecto, la edad moderna, la era de las naciones, acababa de nacer con toda su carga revolucionaria. Ya no era el terruño, el viejo hogar y las tradiciones patrias lo que hacía girar el mundo. Era la bandera, el símbolo de un pueblo sin diferencias entre sus ciudadanos, la voluntad conjunta de todos ellos de gobernarse según las normas que decidieran dictarse, no según las viejas leyes y los viejos fueros, de los que la constitución hace tabla rasa. Ya nadie es superior a nadie ni hay privilegios de ninguna clase. Los derechos van a estar tan regulados como las obligaciones y las decisiones se tomarán según voluntad de la mayoría. Con lo que la democracia parlamentaria había nacido y Renán podía definir la Nación como «un plebiscito diario», mientras Ortega la celebra con su prosa modernista como «un proyecto sugestivo de vida en común».
He dado este largo rodeo para mostrar que las actuales nacionalidades españolas nada tienen que ver con las Naciones modernas. Bien al contrario, representan un retorno al pasado, una búsqueda entre nostálgica y desesperada de los rasgos originales, de la vieja tribu incluso: la lengua, la fe, las costumbres ancestrales. Basta oírles hablar de «agravios históricos», de «deudas históricas», de «derechos históricos» para comprender lo desfasados que están. Su mirada se dirige al ayer, no al mañana; su contrato social es excluyente, no aglutinante; su ideal está en el pretérito, no en el futuro. De ahí su empeño en destruir la Nación moderna, democrática, revolucionaria, y en barrenar su estructura formal, el Estado, hasta dejarlo convertido en mera carcasa, para poder darle el empujón definitivo, una vez que todos sus poderes y competencias hayan pasado a sus partes. Si repasan lo ocurrido en España durante las últimas décadas se darán cuenta de que ése ha sido el guión de los acontecimientos. En vez de un Estado de las Autonomías hemos construido las Autonomías como Estados. En vez de una Nación de nacionalidades, hemos levantado las nacionalidades como Naciones. En vez de descentralizar el poder, hemos creado múltiples centros de poder, que se disputan los recursos naturales y económicos, como si en vez de ser partes de un todo, fueran rivales entre sí. Y así queremos afrontar la globalización.
Creo que ha pasado bastante tiempo y que tenemos la suficiente experiencia para evaluar con frialdad nuestra trayectoria desde que, por voluntad propia y ayudados por la suerte, decidimos hacernos cargo de nuestro destino. Pero la estación final sigue sin verse clara, al no estar aún determinada. Para determinarla, se necesita que hablemos todos y decidamos lo que realmente queremos. Pero esta vez sin equívocos, pues no se puede negar la Nación española al mismo tiempo que se ordeña al Estado español. Para decirlo con un ejemplo bien plástico y bien reciente: no se puede celebrarse como un gran triunfo ganar la Copa del Rey y silbar a éste. Pero tal esquizofrenia se está imponiendo en España.
Pero el mayor defecto de nuestro Estado de las Autonomías no es que Nación y nacionalidad chocan frontalmente. Es que ni siquiera constituye una Nación moderna, al permitir que unas nacionalidades tengan más derechos que otras, reconocer privilegios del Viejo Régimen (no me refiero al franquista, sino al preconstitucional) y conculcar el principio de igualdad entre todos los ciudadanos. Se trata de un defecto de fábrica de nuestra Nación, al querer cuadrar el círculo de la unidad y de la pluralidad con las nacionalidades, pero que en vez de cuadrarlo, ha desatado un conflicto entre las nacionalidades y el Estado, y entre las nacionalidades entre sí. España nunca será una Nación moderna ni una verdadera democracia mientras mantenga la incertidumbre entre Nación y nacionalidad. Pero ese es un plato demasiado indigesto para los políticos de cualquier color e incluso para el Tribunal Constitucional, como muestra su continuo posponer la sentencia sobre los nuevos estatutos. Una incertidumbre que sólo beneficia a quienes van convirtiendo las nacionalidades en Naciones por la vía de los hechos consumados, ante la cobardía de los políticos y la indiferencia del gran público. Podemos seguir en esa ambigüedad como quien vive sobre una falla tectónica, sabiendo que cualquier día la casa puede hundírsenos bajo los pies. O podemos acabar de una vez con el equívoco, antes de que el equívoco acabe con nosotros.
Jose María Carrascal (ABC jueves 21-05-2009)

Lo del himno y el cuñado borrachuzo

BUEN rollo. No pasa nada. ¿Qué tiene de anormal que miles de jóvenes -y no tan jóvenes- bramen su disconformidad con uno de los símbolos del país al que pertenecen nominalmente? Pues nada, no pasa nada, es normal. Es un ejercicio de sana oxigenación democrática que se emita una sonora protesta en el mismo instante en que hacen aparición en el palco de autoridades los soberanos de una nación en la que los vociferantes viven tan ricamente. Eso es muy común en todas partes, no sé de qué se quejan. Si usted se fija, en México, en Italia o en Yemen la gente suele cagarse en la madre que parió al himno y en el himno mismo en cualquier celebración deportiva o social. Es que es empezar a sonar el himno danés, por ejemplo, y allí no hay quien se resista, que si maldito sea el himno, que si maldito quien lo matriculó, que si te lo metas donde te quepa, que si qué te has creído con la tontería, que si por aquí, que si por allá. Escuchar el himno de otros países es, definitivamente, una lata en cualquier parte del mundo. Normal que en España pase lo mismo.
Aquellos que sabotearon la audición del himno español, para regocijo de políticos independentistas y diversa chusma adyacente, estaban, en realidad, ejerciendo un derecho del que hay poco que objetar. La grandeza democrática obliga a que saludemos como inevitable que un número indeterminado de ciudadanos puedan manifestar su desapego con los símbolos del Estado en el que discurre su vida. Quemar la bandera estadounidense, por ejemplo, es un derecho reconocido por los tribunales de aquél país, cuna de muchas libertades envidiables. Si miles de sujetos embebidos por la cerveza caliente y las consignas aborregadas de unos cuantos partidos independentistas deciden mostrar su disconformidad con los estandartes del país al que están adscritos, poco pueden hacer quienes sientan lo contrario más que asumir pacientemente la realidad. Esto es lo que hay. Al fin y al cabo se les ha educado para eso: las generaciones presentes y futuras, formadas en las escuelas del nacionalismo vasco y catalán, han sido concienciadas en el desapego a España y a todo lo que a ella represente, desde un himno a una bandera o a una tradición. Lo que se recoge ahora es lo que se ha sembrado ley de educación a ley de educación. Es muy divertido pitar un himno en libertad siempre que no sea el tuyo. Es estupendo hacerlo de forma gregaria y abrigado en la masa lanar de miles de tíos como tú. Es fantástico desconocer la historia inmediata del país en el que vives y creerte el cuento que te han contado unos cuantos gilipollas también como tú. Es fascinante silbar como borrachos al Jefe de un Estado que ha conseguido que en su seno se desenvuelvan sin cortapisas de ningún tipo todos los sentimientos nacionales posibles. El señor del anillo gordo en el dedo que saludaba desde el palco con cara de circunstancias es el mismo que ha conseguido que España sea una inmensa sociedad de tolerancia y libertad en la que todo estúpido pueda tener su espacio de expresión. Lo lógico es ser un borrego y silbarle, insultarle y agitarle en su cara banderitas con estrellitas simbolitos de paisitos inventaditos.
Pero es lo que hay y posiblemente no haya que darle más importancia. En las sociedades que representan los equipos que disputaban la Copa de Rey hay muchos ciudadanos que aprecian sinceramente el himno español y demás simbología común. Empezando por los jugadores que forman parte del equipo de todos los españoles y acabando por todos los aficionados que celebraron jubilosamente la Eurocopa del pasado verano. Son muchos y hacen mucho ruido, pero me niego a pensar que sean todos. Hay que convivir con ello y resignarse a que en todas las casas hay un cuñado borrachuzo. Y dejar de darle vueltas a la tontería.
Carlos Herrera (ABC, viernes 15-05-2009)

Las raíces españolas

Lo de las raíces es fundamental. Mucho más de lo que la gente imagina, en esta sociedad nuestra, tan volátil, caprichosa y acomodada.
Es lo que Jerónimo Páez, quien además de ser uno de los tipos más brillantes que conozco es el mayor de mis primos, denomina con acento granadino el «background». No se refiere sólo a antecedentes, formación o experiencia.
Hay comportamientos, sobre todo colectivos, que no se explican sin apelar a la Historia o a tradiciones que se remontan a tiempos nebulosos. El tesón, persistencia, obstinación, porfía y tenacidad de que hacen gala los ingleses, tanto si juegan al fútbol como si combaten en la guerra, pasa de una generación a otra.
El espíritu áspero, inclemente y cruel que animaba a los cosacos rusos que entraron en 1814 en París, persiguiendo a Napoleón, bullía en los soviéticos que en 1945 conquistaron el búnker de Hitler y en los militares fieles a Putin que han dejado Chechenia como una era.
No hay determinismo ciego, ni líneas constantes. A veces se producen cambios, cortes y giros. A mí, por ejemplo, me llena de estupor y de nostalgia echar la vista atrás, repasar lo que fuimos y compararlo con lo que somos.
Me cuesta encontrar un nexo entre la ciudadanía española actual y personajes como Pizarro, que ya anciano conquistó el inmenso Imperio Inca con 180 infantes y 37 jinetes.
Cierto que en aquella época, como ocurrió después en la Royal Navy británica, el progreso dependía únicamente de los méritos. Las conexiones familiares eran importantes, pero no se necesitaba ni sangre azul, ni dinero o enchufes para ascender.
En mis momentos más sombríos, me entra la sospecha de que después de Pizarro, Cortés y esos colosos, tuvo que llegar a España una gripe al estilo de la porcina y que la maligna pandemia produjo un cambio genético.
Alfonso Rojo (ABC, jueves 14-05-2009)

Ratzinger, un Papa solo y valiente

Si hoy el mundo católico no vive bajo la ferocidad pastoral de una Summa vitae promulgada como dogma, sino que avanza iluminado por la luz intensa (aunque problemática) de tres encíclicas dedicadas a los temas éticos impuestos por la vida, se lo debe a un Ratzinger teólogo que no ha rechazado jamás el diálogo ni la discusión. Y que, a diferencia de Juan Pablo II (capaz de contradecir con desenvoltura incluso lo que él mismo había afirmado el día anterior), siempre ha sabido vincular su teología a todos los momentos creativos que, desde Juan XXIII hasta nuestros días, ha concedido el Espíritu a su Iglesia.
Como cardenal, en los años en los que los vaticanistas esperaban acceder a un sistema capaz de transformar en best sellers periodísticos unas ilusiones ópticas muy toleradas y bien recompensadas -siempre que se redactasen por encargo de los miembros de corbata del Opus Dei-, Rat-zinger era objeto de poco seguimiento. Con su elección como Papa, recibió como regalo las multitudes que el Pueblo de Dios vierte a diario a su paso y que, desde hace ya cuatro años, siguen sus homilías con una atención que no deja de asombrar.
Sólo con recordar algún gran acontecimiento de la época de Wojtyla, los actos de Ratzinger pueden parecer minimalistas, desarrollados a partir de una expresividad simbólica que está relacionada con la liturgia que él celebra con gran autoridad. Su magisterio está totalmente centrado en la palabra desnuda: homilías, Ángelus, catequesis, discursos y, hasta ahora, sólo dos encíclicas. En este sereno y tenaz intento de vincular su autoridad exclusivamente a la Palabra de Dios, Benedicto XVI está volviendo a acostumbrar a los católicos a fijarse en lo esencial, no en su persona sino en Jesucristo vivo y presente en su Iglesia.
Al contrario que el wojtylianismo, con su fecunda complejidad, el ratzingerismo no admite contradicciones entre las luces del escenario y la penumbra de la trastienda, porque, como ha explicado, "el cristianismo, el catolicismo, no son un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que se vea de nuevo, porque esa conciencia, hoy, prácticamente ha desaparecido. Se ha oído tanto hablar de lo que no está permitido...".
La glosa que añade a este principio es que es en la liturgia donde encuentra los temas para expresar este y otros mensajes fundamentales de la fe. Y que de esa fuente, y esos temas, su voz "se inserta en la actualidad de hoy, en la que, ante todo, queremos buscar la colaboración de los pueblos y las vías posibles hacia la reconciliación y la paz". Para los católicos comprometidos en la política y la labor social, la señal objetiva contenida en las reflexiones de Benedicto XVI debería estar muy clara: es posible encontrar, partiendo del magisterio pontificio, una discusión seria y profunda sobre los grandes problemas teológicos e históricos de nuestra época y sobre las premisas por las que se rigen. Al observar el Cielo por encima de la Iglesia actual, el papa Ratzinger lee en él todas las palabras importantes, y casi siempre nuevas, que desde el magisterio pontificio y el episcopal nos invitan al diálogo, el trabajo, el valor, la fantasía política, la comunión social. Todas ellas, palabras que prescinden de una "cultura confesional" específica e invitan a una clara interiorización de los valores fundamentales en una sociedad civil que se convierte así en el topos, el lugar en el que el diálogo, el altruismo, la sinceridad, la asunción de responsabilidades políticas y económicas, la honradez, el auténtico espíritu de democracia y la serenidad de las relaciones sociales encarnan un precepto evangélico fundamental.
Y mientras Benedicto XVI nos entrega su "teología de la sociedad civil", en Europa entran en el seminario los primeros jóvenes llegados a la edad de la razón tras la caída del muro de Berlín. En Latinoamérica, la mitad de los obispos no recuerda los desgarros posteriores a la reunión de Medellín. En Estados Unidos y el resto del mundo anglosajón, los obispos incapaces y sin vergüenza han sido marginados y los católicos están impulsando una nueva etapa eclesial en la que a nadie le está autorizado minimizar el dolor de quienes han sufrido los pecados cometidos por los hombres de la Iglesia.
En una África (como demostró Benedicto XVI en sus discursos de Camerún y Angola) entregada por cuatro perras a las trivializaciones de los hombres del rock y las ONG, la Iglesia construye cultura y libertad. La buena noticia es ésta: esta vez, al menos, los africanos no se han dejado meter en la cabeza el preservativo de las multinacionales farmacéuticas de capital francés, alemán y belga-holandés. Prueben a localizar en un motor de búsqueda, en francés o en inglés, las palabras clave de la reciente visita papal a África, y verán que en el Continente Negro todos comprendieron el sentido político de la declaración con la que, recién llegado a Yaundé, Benedicto XVI reivindicó el derecho a la salud y, por tanto, a los cuidados gratuitos, para todos. Pongan después el nombre de Nicolas Sarkozy y verán cómo y por qué se encontró con oposición tanto en Senegal en enero como en Congo a finales de marzo. Porque, aunque uno quiera ir de laico y progresista, para comprender el mundo hace falta tener también ojos para ver y oídos para escuchar.
(El País 13-05-2009. Extracto del artículo de Filippo di Giacomo es canonista y editorialista-analista del diario La Stampa. y traducido por María Luisa Rodríguez Tapi)..

Tormenta de hormonas

EN estado de degradación. Así es como se encuentra, no la nación -que acaso también-, sino la política, que Zapatero quiere convertir en una tormenta de hormonas como la que provoca la píldora del día después, utilizada sin reparo como señuelo del día antes, como sorprendente inocentada de la víspera del debate. Acorralado por el paro, por las encuestas, por el desplome industrial, por la oposición, por las minorías, por la terca realidad de un país en quiebra, el presidente ha decidido abandonar cualquier atisbo de fineza, cualquier prejuicio ético y hasta cualquier tapujo estético para abrazarse a una demagogia primaria con la que embarrar el campo de juego. Para calentar una campaña en la que se ve perdedor ha recurrido a la agitación y el trazo de brocha gorda, desde toscas consignas sin pulir -«menos ladrillo y más ordenadores»- a elementales argumentarios de ideología barata. Pero el populismo del «pildorazo» rebasa todos los límites porque compromete por razones de desaprensivo cálculo electoral la salud de la población adolescente, a la que el Gobierno envía el insólito mensaje de que puede lanzarse al sexo sin el paracaídas del preservativo. Esta vez la estrategia de la provocación ha ido demasiado lejos, provocando el estupor de la clase sanitaria, de los educadores, de los padres de familia y hasta de los enfermos leves que no pueden comprar sin receta un simple antibiótico para las infecciones de garganta o un tamiflú para la gripe.
El de hoy es el único debate de los candidatos reales que no figuran en las papeletas del 7-J. Por eso Zapatero adelantó la fecha, embargado de la confianza que se tiene a sí mismo cuando la política se vuelve un duelo áspero, descontrolado e inflamable. El país se le ha ido de las manos pero sabe crecerse en el cuerpo a cuerpo y transformar la esgrima parlamentaria en un bronco desafío de garrotes y navajas. Es incapaz de gobernar con criterio pero posee un instinto superdotado para moverse en la retórica cortoplacista, en el desorden y la confusión. Hoy quiere hacer del Parlamento una traca; a sabiendas de que su gestión de la crisis no resiste el más mínimo análisis y de que va a recibir un vapuleo general, pretende montar una desabrida pelea a cara de perro en la que sus carencias se diluyan entre un primitivo intercambio de golpes bajos. Cuando ya ni siquiera le funciona el diseño posmoderno se enfrasca en la política hormonal, en el revuelo de vísceras, en el menudillo de bofes torpemente camuflado de confrontación ideológica.
Y puede salirle bien. Si algo tiene demostrado este hombre no es su competencia como gobernante ni su responsabilidad de estadista, sino un probado conocimiento, pragmático hasta el cinismo, de los mecanismos de psicología colectiva de sus conciudadanos.
Ignacio Camacho (ABC, martes 12 mayo 2009)

Reprobando al Papa

ESTO de que unos tíos que no saben hacer la o con un canuto se pongan a reprobar al Papa tiene un componente desquiciado y chusco que no lograría superar el principado de Andorra si mañana declarase la guerra a los Estados Unidos. Pero estas enormidades han adquirido carta de naturaleza en un mundo que ha perdido el sentido de la proporción; y donde los ineptos se creen con derecho a discutir con el sabio, o mejor dicho, a silenciarlo con sus chillidos. Pues para discutir son necesarias dos personas que aduzcan razones; pero cuando una aduce razones y la otra opone irracionalidad, consignas doctrinarias y aspavientos emotivos, la discusión se hace imposible y al sabio sólo le resta resignarse a que sus palabras sean tergiversadas, acalladas, anatemizadas por el guirigay de los ineptos. Benedicto XVI reclamó una humanización de la sexualidad, que consiste en liberar al hombre de la esclavitud de la promiscuidad. para combatir el mal en sus orígenes; y el Mátrix progre, en lugar de liberar al hombre de la promiscuidad sexual, lo exhorta a entregarse a ella sin recato, regalándole a cambio un condón. Que, una vez usado, deja al hombre a merced de la promiscuidad, o sea, a merced del mal que, según nos asegura, pretende combatir.
Pero el acceso de furia irracional con que el Mátrix progre ha respondido el llamado del Papa a la humanización de la sexualidad nos invita a esbozar aquí una reflexión sobre la dificultad insalvable que constituye tratar de afirmar la verdad profunda de las cosas, en una época que ha renunciado a la posibilidad del conocimiento, enfangada en un lodazal en el que sólo triunfan el embrollo y la desintegración de la razón. El Mátrix progre ha destruido la razón como guía de la acción humana, como motor de su voluntad; y cuando la voluntad humana se gobierna por el puro instinto, el mismo hombre ha sido destruido; esto es, animalizado. En esta coyuntura, la incomprensión con que han sido acogidas las declaraciones del Papa me recuerda dolorosamente aquel pasaje evangélico (Jn 18) en el que, llevado al pretorio, Jesús conversa con Pilato; basta con que veamos en Jesús, varón de dolores, a la Iglesia de la que Benedicto XVI es cabeza visible, y en Pilato al mundo. Benedicto XVI se esfuerza por entablar diálogo con el mundo, usando su mismo idioma, en busca de semillas de verdad: «Para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz». A lo que el mundo responde con arrogante indiferencia, incapaz de entender un lenguaje que apela a la razón: «¿Y qué es la verdad?». Y, ante el escepticismo de Pilato, Jesús calla, mientras crece el clamor rabioso de la multitud: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Y en esas estamos. El Papa, en una carta reciente a los obispos transida de dolor, constataba que «la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento»; y añadía: «El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto». En la reacción furibunda del Mátrix progre ante las declaraciones de Benedicto XVI sobre la humanización de la sexualidad descubrimos la falta de orientación de un mundo que ya no se esfuerza por entender sus palabras, que ya ni siquiera las puede entender, porque le falta la luz que viene de lo alto. Es un signo escatológico clarísimo; y aceptando convertirse en diana del escarnio y la calumnia furiosa -en este contexto debemos situar este intento chusco de reprobación de los ignaros-, Benedicto XVI, varón de dolores, está preparando a los cristianos para afrontar la Cruz. Así de duro y así de simple: «Ecce Homo».
Juan Manuel de Prada (ABC sábado 2-5-2009)

La adoración del hombre

Decía Leon Bloy que, cuando quería enterarse de lo que sucedía, leía el Apocalipsis. Y como hoy nadie quiere enterarse de lo que está sucediendo, se lee cualquier cosa menos el Apocalipsis. Pero hasta evitando leer lo que nos permitiría enterarnos de lo que está sucediendo, la verdad sale a nuestro paso, aunque sea disfrazada de palabras melifluas. Obama acaba de afirmar, después de autorizar la experimentación con células embrionarias: «Como persona de fe, creo que debemos ayudarnos los unos a los otros y evitar el sufrimiento humano. Creo que tenemos la capacidad y la voluntad de llevar a cabo esta investigación, y la humanidad y la conciencia para hacerlo de forma responsable». Y Zapatero, en una larga entrevista que editaron a modo de libro turiferario, describía así sus creencias religiosas: «En la medida en que he ido evolucionando y madurando creo que la religión más auténtica es el hombre. Es el ser humano el que merece adoración, es el vértice claro del mundo tal como se nos ha mostrado, tal como lo hemos llegado a comprender». Ambas declaraciones coinciden en adoptar una fraseología religiosa: Obama –más sibilino o farisaico– comienza declarándose «hombre de fe» y enmascara su discurso con la coartada filantrópica; Zapatero, más expeditivo, nos habla sin ambages de la «adoración del hombre».

Ambas declaraciones hacen profesión de una fe ilimitada en las posibilidades humanas, en la grandeza del hombre, en la capacidad del hombre para instaurar un paraíso en la Tierra, evitando el sufrimiento y erigiéndose en juez omnímodo, investido de voluntad y conciencia moral, para determinar el bien común. Ambas declaraciones, en fin, exaltan la grandeza infinita del hombre, pero disfrazándola con los ropajes y aspavientos de la religiosidad. No se trata, pues, de aquel ateísmo antañón, que negaba la existencia de Dios y vaciaba el templo, arrojando al hombre a una orfandad cósmica; se trata de una nueva forma de ateísmo, que sienta al hombre en el templo de Dios y lo adora como si fuera Dios él mismo. Esta suplantación ya la prevenía San Pablo en su Epístola a los romanos, cuando auguraba que los hombres, «entontecidos en sus razonamientos» y «alardeando de sabios», acabarían «sirviendo a la criatura y no al Creador».

Y en eso estamos. La adoración del hombre es la religión universal de nuestra época; la proclaman sus sacerdotes y corifeos –falsos mesías y falsos profetas «que vienen a nosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces»– y la celebran las multitudes crédulas y ofuscadas. La acompañan «multitud de milagros, señales y prodigios engañosos y seducciones de iniquidad», como predijo el mismo San Pablo (II Tes 2, 9): nos aseguran que dejaremos de sufrir, que nuestras enfermedades serán sanadas, que seremos el «vértice claro del mundo tal como se nos ha mostrado». Por supuesto, el «mundo tal como se nos ha mostrado» –como nos lo han mostrado los falsos mesías y los falsos profetas– no es sino un espejismo o utopía ilusoria, donde la idolatría de la Ciencia, la esperanza en el Progreso y la adhesión a la Ideología prometen al hombre la implantación de un nuevo paraíso en la Tierra. Un paraíso, por supuesto, con un trasfondo infernal, donde la deificación del hombre se logra a costa de su deshumanización, donde la liberación de la Humanidad se logra sobre su suicidio futuro, donde la experimentación con células embrionarias o el aborto a mansalva se nos venden como logros humanitarios (¡y hasta como conquistas de derechos!) que instaurarán un nuevo Reino de las Delicias Universales.

A algunos les sorprende que este mesianismo secularizado o adoración del hombre se desmelene precisamente ahora, cuando las multitudes crédulas y ofuscadas se debaten en la tribulación, acuciadas por la sombra de una crisis económica que no hace sino extenderse como plaga de langosta. E, incapaces de penetrar en la sustancia de estos misterios de iniquidad, los despachan afirmando que son «cortinas de humo» que se lanzan para mantener distraída a la gente. No aciertan a entender que tales «cortinas de humo» son en realidad signos de un drama que se nos cuenta con pelos y señales en ese libro que Leon Bloy aconsejaba leer, para enterarse de lo que estaba sucediendo. Pero ¿cómo va a ponerse la gente a seguir el consejo de Leon Bloy si ni siquiera sabe quién es ese fulano? Y, además, ¿quién es ese fulano para decirles lo que tienen que leer a los hombres deificados a quienes se debe adoración?

Juan Manuel de Prada (XL Semanal nº 1117, 22-03-2009)